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El príncipe tenía trece años, pero una voz que salía del fuego le decía que era mucho más viejo. En esas llamas azules, que velaban por él allá a donde fuere, se escuchaban murmullos de otro mundo, palabras y oraciones que sólo un alma tan afortunada como la de Kelt podría escuchar. Como cada mañana en la fortaleza construida a base de amasijos de hierros y vidrios, Kelt y Mark repetían sus ejercicios con dos maestros en el patio de entrenamiento del torreón oeste. Mientras Mark daba golpes al aire con su espada de plástico, Kelt descansaba probando un poco del líquido caliente y turbio, oteando el horizonte desde un hueco estratégico en lo alto de la torre. Un vasto desierto se extendía más allá de las murallas de hormigón que acordonaban la ciudad, protegiendo a sus habitantes de los enemigos y aislándolos del resto del mundo. A pesar de sentirse más vivo que nunca, sintió una brisa en la nuca que no provenía del mundo en el que vivía. Desvió su mirada hacia el norte y allá ...

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