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El
príncipe tenía trece años, pero una voz que salía del fuego le decía que era
mucho más viejo. En esas llamas azules, que velaban por él allá a donde fuere,
se escuchaban murmullos de otro mundo, palabras y oraciones que sólo un alma
tan afortunada como la de Kelt podría escuchar.
Como
cada mañana en la fortaleza construida a base de amasijos de hierros y vidrios,
Kelt y Mark repetían sus ejercicios con dos maestros en el patio de
entrenamiento del torreón oeste.
Mientras
Mark daba golpes al aire con su espada de plástico, Kelt descansaba probando un
poco del líquido caliente y turbio, oteando el horizonte desde un hueco
estratégico en lo alto de la torre. Un vasto desierto se extendía más allá de
las murallas de hormigón que acordonaban la ciudad, protegiendo a sus
habitantes de los enemigos y aislándolos del resto del mundo.
A
pesar de sentirse más vivo que nunca, sintió una brisa en la nuca que no
provenía del mundo en el que vivía. Desvió su mirada hacia el norte y allá a lo
lejos, de pie y vestida de rojo, la muerte le saludaba en medio de las
infinitas dunas doradas como si ambos fuesen amigos.
Se
secó el sudor de la frente con la manga de su camisa y acarició los rizos de su
oscura cabellera, pensativo. Le encantaría volver a hacer una excursión al
Valle Negro, pero su moto estaría arreglada al día siguiente, o al menos eso le
había dicho el propietario del taller. Sólo quería distraer sus pensamientos de
tan atormentada mente.
-Mi señor, es
vuestro turno. -Dijo una voz
masculina desde atrás.
Kelt
se tomó un tiempo para reflexionar sobre ello. El entrenamiento era la base de
su educación, como todos los hijos de gobernadores, pero necesitaba salir de la
fortaleza más a menudo de lo que le hubiera gustado a su padre.
-Comandante,
¿sabe cuándo se construyeron los muros que nos separan de… de todo lo demás?
El
soldado, ataviado con hombreras plateadas relucientes mostrando un dragón rojo
en ellas, asintió lentamente. Invitó a Kelt a bajar por las escaleras de
caracol que comunicaba el torreón con el patio de entrenamiento y bajó unos
pasos detrás del niño, como dictan las normas.
El
príncipe era casi tan alto como él.
-Antiguamente se
creía que el fuego antiguo protegía la ciudad, pero los habitantes de Kaermin,
después de siglos sometidos a la esclavitud, se rebelaron contra el monarca al
no ver atisbo alguno del fuego antiguo. Nadie protegía su hogar salvo ellos
mismos.
-Entonces, ¿por
qué no se destruyó el templo del falso dios? -Preguntó
Kelt con curiosidad. Le encantaba poner en tela de juicio la fe de la plebe y
mascullar un sinfín de teorías que la destruyeran. No creía en nada, salvo en
sí mismo.
-Porque en mitad
de la rebelión, vuestro padre lo impidió.
Como
cada noche antes de cumplir trece años, el Rey le había contado numerosas
historias, a cada cual más disparatada, en las que él era el héroe que rescató
Kaermin de la barbarie y la anarquía. Seguía sin poder creer que su padre
hubiera hecho tantas cosas buenas.
Lo
odiaba. No podía decirlo, pero sí sentirlo. No era el típico odio que un niño
siente cuando tiene una pataleta por no conseguir lo que quiere, su odio era
mucho más profundo de lo que los demás pensaban. Su padre disfrutaba
sometiéndolo a castigos, y cada vez eran más duros.
-Mi padre impide
muchas cosas últimamente.
Con
una sonrisa de oreja a oreja, el Comandante simuló una acción con su mano al
mismo tiempo que hablaba, recorriendo su frente hacia la barbilla.
-Hace dos meses
no impidió rajaros la cara vos mismo.
Kelt se mordió el labio hasta sentir el sabor
metalizado de la sangre.
La cicatriz que estaba a la vista de todos en su
rostro era para él magnífica, algo de lo que sentirse orgulloso, para nada un
hecho del que avergonzarse. Pero, estaba claro que el resto de personas que lo
rodeaban no veían la mierda de realidad que les había tocado vivir, sin apenas
recursos naturales y una esclavitud encabezada por un monarca déspota y
totalitario. Kelt tampoco quería cambiar las cosas cuando su turno le llegara,
y a medida que pasaban los días, ese momento lo veía más y más cercano.
Cuando bajaron todos los escalones de la escalera de
caracol, llegaron al patio de entrenamiento donde los esperaban sus maestros.
Mark, cabizbajo y algo aireado, dio un puntapié a una roca que salió disparada
hacia la pared. A su lado se encontraban las dianas para practicar esperando a
ser el blanco fácil de unos niños.
-¡Vaya, vaya!
¡Has vuelto a perder, hermanito!
-¡Cierra esa
bocaza, Kelt! Me gustaría ver si puedes luchar contra ellos. -Desafió a su hermano, señalando a
los dos hombres armados con varas de hierro simulando ser espadas.
-No creo que
pueda -asumió Kelt
poniéndose unos guantes negros y manteniendo una amplia sonrisa-. Ellos son adultos sabiamente
instruidos, nosotros sólo somos unos críos jugando a ser caballeros.
-¡Somos príncipes!
¡Somos hijos del dragón rojo!
-Por desgracia, tú
y yo nacimos idénticos en aspecto, pero en estos momentos no somos iguales.
Recuérdalo.
-Desde luego,
Kelt. Esa cicatriz te hace parecer un monstruo.
No podía escuchar nada, pues sus oídos se habían
deleitado con el cantar de las golondrinas que planeaban alrededor de la
fortaleza. Ese sonido le parecía algo hipnótico, atrayente y nada convencional.
Se colocó los hombros y relajó la espalda. Uno de
los maestros le entregó un tubo oscuro y largo. Guiñó un ojo mientras cargaba de
dardos rojos la cerbatana de entrenamiento y tomó un poco de hojarasca para
masticar. Puso los labios sobre la abertura de la cerbatana y la tensó sobre el
brazo, apuntado directamente a su hermano Mark. Aguantó la respiración unos
instantes y soltó el aire por la nariz poco a poco para relajar su cuerpo y
sostener el brazo firme.
-¿Quieres
matarme?
Los dos mantuvieron la mirada fija en el otro. Cerró
los ojos un instante.
Por supuesto que quería matarlo, pero no sería
beneficioso para él porque existía la leyenda de que cualquiera que vertiera sangre de su sangre, no tendría la
corona de Kaermin sobre su cabeza más de diez años. Kelt se había deleitado
muchas noches imaginando situaciones en las que acababa con la vida de su
hermano, el preferido de su madre, pero finalmente no había llevado a cabo
ninguna de ellas. Tal vez por miedo a convertirse en un Rey maldito o tal vez
por falta de ganas, aún no lo había sospesado bien.
El Comandante carraspeó y Kelt salió de su
ensimismamiento. No soportaba que la gente hiciera ese ruido para llamar la
atención.
El primogénito abrió sólo un ojo y sopló con fuerza
por la boquilla de la cerbatana, dando al blanco de la diana que había detrás
de Mark, quien respiró hondo.
-Mi
señor, tenéis una puntería asombrosa.
-Cuando
le digáis a mi padre que he usado mi brazo izquierdo y no he realizado el
entrenamiento correctamente, no olvidéis que tengo una “puntería asombrosa”,
Comandante.
-Lo
cierto es que hemos recibido órdenes estrictas de obligaros a inutilizar
vuestra mano izquierda, daría igual los métodos, pero, por supuesto no le
diremos nada a Su Majestad si usted nos da una recompensa -advirtió el maestro de esgrima.
-No.
-Dijo Kelt,
colocándose unas gafas de cristal oscuro sobre el puente de su nariz y
cubriéndose los ojos-. Os ordeno que
le comuniquéis a Su Majestad que, a pesar de sus innumerables esfuerzos, su
primogénito es zurdo y no va a conseguir cambiarlo por muchos latigazos a los
que le someta.
Sintió unas extrañas vibraciones debajo
de la piel, inundándole todo el cuerpo. Se avecinaba tormenta, estaba seguro. Tomó
aire y lo soltó lentamente, manteniendo el arma sobre su brazo izquierdo.
Sonrió y la cicatriz de su rostro se arrugó por la mejilla. Nadie pudo ver su mirada,
pero el Comandante dio un respingo.
Disparó a otra diana cercana dando en el
centro.
Mark tiró la espada de plástico al suelo
y fue junto a su hermano.
-Padre
no quiere que seamos diferentes a él -murmuró-, te estás saltando las reglas
descabelladamente y tengo que confesar que no quiero volver a ser un segundón,
jamás.
-Ahora
te mandará azotar cinco veces por lo que has dicho, imbécil.
-¡Pienso
decirle que me has insultado y te azotará por partida doble!
La sirena del templo de la ciudad resonó
en todos los rincones silenciando la usual pelea de los gemelos.
Una monstruosa tormenta de arena se
avecinaba por el oeste, justo donde se encontraba el patio de entrenamiento. Como
ya había vaticinado Kelt, las ráfagas de viento aparecieron por todas partes. El
cielo pasó de ser azul claro a una amalgama de pardo anaranjado lleno de
gigantes torbellinos que giraban veloces en todas direcciones. Las golondrinas
se callaron, siendo sustituidas por los gritos de la plebe que corría despavorida
en las serpenteantes callejuelas de la ciudad, retumbando y haciendo eco en esa
zona de la fortaleza.
El Comandante y los dos maestros de
entrenamiento protegieron a los príncipes llevándolos consigo hacia unos
pasadizos internos. Apretaron el paso escuchando cómo la tormenta había llegado
sin dilación a las puertas de Kaermin.
Después, abrieron las camisas de los dos
hermanos por la espalda, le quitaron a Kelt sus gafas de cristal oscuro para
dejárselas colgando del cuello y los maniataron con cuerdas hábilmente anudadas
al techo.
Quince
minutos después, el Rey Erik, ocultando su rostro con la máscara del verdugo -un peculiar antifaz de su dios,
el dragón escarlata-, blandía en el
aire un látigo de cuero trenzado cuya punta estaba embadurnada de sangre.
El
dragón rojo seguía el ritmo de su
respiración con el látigo azotando la espalda desnuda de sus propios hijos,
rasgando su joven piel y marcándola a su paso.
-No estoy solo -susurraba Kelt golpe tras golpe.
Cuando
Mark cumplió su condena de cinco latigazos, dos miembros de la guardia real
liberaron al niño de sus ataduras y lo llevaron junto al druida para que sanara
las yagas de sus muñecas, ya que tenían fe ciega en que las heridas provocadas
por latigazos deberían de sanarse solas y quedar cicatrizadas para que el resto
del mundo pudiese ver la penitencia que habían sufrido en un pasado.
Kelt
aguardó con bravura los otros cinco que le esperaban por ser zurdo. Sabía que
su padre estaba totalmente en contra de que su hijo primogénito tuviese la
suerte de ser diferente a él, tal vez porque algún día remoto se le ocurriría
reunir el valor para someterlo a sus pies. Eso le encantaba a Kelt: ser temido
incluso por su propio padre.
-No estoy solo.
Cerró
los ojos para aguantar mejor el dolor y recordó aquel fastuoso día en el que la
Reina Katherin, su madre, volvió a confundirlo con su hermano Mark.
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Odiaba
que su querida madre se equivocara de nombre porque él era el primogénito, el
único digno de llamarse sucesor al trono, no el mimado de su hermano. Las horas
pasaron y tomó una decisión esa misma noche: no aguantaría más ser igual que su
hermano y se armó de valor.
A
la mañana siguiente apareció con la enorme cicatriz que le recorría desde la
frente a la barbilla casi cegando su ojo izquierdo.
La
Reina Katherin se desmayó cuando Kelt entró en el salón del trono, pero el niño
sonreía satisfecho por el resultado. Mark tragó saliva y anduvo hacia atrás
hasta topar con un rincón del que no tenía escapatoria. Kelt nunca olvidaría su
mirada.
……………………………………………………………………………………..
Cuando
el Rey Erik terminó de propinarle los diez latigazos asignados para su castigo,
los guardias soltaron al niño de las cuerdas, pero el propio Kelt se apartó de
ellos con rabia, caminando arrastrando los pies por los pasillos relucientes
del castillo.
No
quería ver al carcamal del druida ni a nadie. Quería estar a solas.
Algunas
gotas de sangre que se derramaban por su piel caían al suelo marcando el camino
hacia la sala del trono. Abrió los portones con dificultad, pues sus brazos
habían perdido fuerza al estar tensados por las cuerdas y contempló la estancia
de suelo acristalado, paredes de aleación de diferentes materiales plateados y
cristales de colores en la bóveda que dejaban entrever la furia de la
naturaleza que invadía el exterior. Al fondo, surgía un trono hecho de metal
fundido, cables rotos y trozos de cuero negro para unir las piezas. Allí fue donde
Kelt tomó asiento y descansó
Mantuvo
la calma relajando sus latidos y metió la mano izquierda en el bolsillo del
pantalón, rozando con la yema de sus dedos el zippo que había encontrado en una de sus expediciones más allá de
las murallas de Kaermin. Un impulso le hizo pensar en el deseo de prender fuego
a todo el lugar, pero pasó fugazmente como una flecha para perderse en la
oscuridad de su mente.
No
era tiempo de destrucción ni de lamentos.
Miró
hacia la derecha desde el trono y allí, reposando dentro de una vitrina de
cristal, se encontraba relucientemente dorada, la corona. Era muy raro ver oro
en Kaermin, por eso existía una estirpe de alquimistas que intentaban convertir
cualquier metal en oro puro. Por esa razón, la corona era algo excepcional y realmente
valioso para ellos. Su propia madre, la Reina Katherin, fue una alquimista de
renombre entre los suyos.
Esa
corona llevaba tres generaciones en Kaermin, y ninguno de los tres monarcas que
la habían poseído habían durado más de diez años, siendo tan aterradora su
muerte que incluso las niñeras de la plebe contaban historias de miedo a los
críos relatando cómo había sucedido.
Las
pupilas de Kelt se llenaron de chispas azules al imaginarse sujetando esa
corona de oro puro en su cabeza.
Odio,
avaricia, impaciencia, violencia y poder se agolpaban en su ser como cientos de
condenados queriendo salir de la prisión y liberarse de sus cadenas, pero su
mente sólo tenía cabida para una cosa: la locura.
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